Las Majadas del Moral

En muchos guías de viajes y documentos colgados en el ciberespacio, se alude a las Majadas (o Corrales) del Moral -término municipal de Pinofranqueado (norte de Cáceres; Las Hurdes)- como despoblado, denominación está que puede dar lugar a equívoco, puesto que el tal poblado nunca estuvo poblado, al menos de forma permanente, tal y como indica un cartel informativo emplazado al comienzo del sendero. Cabreros y cabras tan sólo vivían allí en determinadas épocas del año, cuando unas y otros se desplazaban a los pastizales.

La información en cuestión, completada con otros datos de interés para aquel que el sendero se dispone a comenzar –datos sobre flora y fauna, un croquis del trayecto a cubrir…- se halla al comienzo de la senda que lleva a las majadas, la misma que, en los viejos tiempos, cubrían los que este mismo trayecto tenían que hacer.

Se está en el final del pueblo de Horcajo, en el punto en el que las calles pierden este calificativo y se convierten en caminos que se pierden en todas las direcciones imaginables, el viajero encuentra una senda que se interna entre huertos.

El agua multiplica la intensidad de aromas y tonalidades. Si se tiene la suerte de cubrir este camino en un día húmedo, en los momentos posteriores a la caída de una de esas finas lluvias que empapan sin encharcar, el caminante descubrirá un crisol cuajado en los olores y tonos en que viste la vegetación circundante: manzanos, cerezos, guindos, pinos, castaños, encinas, jarales, madroñeras…

En estas, las viviendas de Horcajo van quedando atrás, escondidas en el fondo del valle horadado por el río homónimo. Un perro surge de repente, como brotado de la misma lluvia. Pequeño, pelado, color canela…de raza indefinida pero con los ojos vivos, despiertos, olfatea al forastero y se marcha sin volver siquiera la vista atrás. Seguro está acostumbrado a cruzarse con extraños.

El camino, ya sin adoquines, sembrado de la tierra desnuda y apelmazada por siglos de pisadas, alcanza una loma. Una última mirada al pueblo, antes de que esté se esfume con el descenso que allí comienza. Entre blanco, verde y rojizo, Horcajo es ligera balconada…tan liviana que parece va a caer a la calle en cualquier momento. A partir de ahora, y durante un buen trecho, el camino corre en paralelo al juguetón y joven cauce del arroyo del Horcajo. Sus aguas corren allá abajo nuestros pies…tan a nuestros pies que, en algún momento del recorrido habrá incluso que caminar sobre piedras que sobresalen del propio riachuelo.

Ahora, en paralelo a la corriente y siguiendo el tapial de un huerto, los pasos no tardan en hallar el objetivo que habían buscado desde que han salido de Horcajo: la alquería o majadas del Moral. Las viejas construcciones pastoriles no se demoran en aparecer. Levantadas sobre un pequeño alto, justo en el lugar en el que las aguas del arroyo del Risco desaguan en el cauce del río Horcajo, la sombra de una encina y una redondeada piedra, ofrecen al caminante asiento para, antes de entrar en las majadas, leer algo sobre el lugar en la guía que lleva en la pequeña mochila que le acompaña. Así se entera que el nombre de el moral, según la tradición, viene dado de una planta arbórea (Morus nigra), que hay en la zona.